Los documentos analizados describen un modelo de organización que va más allá de la violencia directa:
- Cobro de piso y retenes ilegales que funcionan como nodos de inteligencia y control social; no son solo puestos armados, sino centros de información que supervisan movimientos y patrones de la población.
- Halconeo humano extendido, un sistema de vigilancia basado en observadores en la vida cotidiana que recopilan datos y alertan a las estructuras criminales antes de que las autoridades actúen.
- Control económico aplicado como forma de inteligencia: con el cobro de cuotas a transporte, comercios y servicios esenciales, las organizaciones no solo obtienen recursos, sino información valiosa sobre rutas, cadenas de distribución y horarios.
Este tipo de capacidades implica que la brecha entre el crimen y las autoridades no solo se mide en armas o presencia física, sino en quién procesa mejor la información y domina la logística territorial.
Infraestructura clandestina con tecnología avanzada
En regiones fronterizas y estados del norte como Sonora, Tamaulipas y Chihuahua, la investigación documenta estructuras clandestinas con herramientas sofisticadas:
- Túneles subterráneos con iluminación LED, sistemas de ventilación automatizada y fibra óptica, que permiten coordinación sin recurrir a comunicaciones interceptables por el Ejército.
- Drones con cámaras térmicas y equipamiento que supera en cobertura a parte de los sistemas oficiales de videovigilancia.
Estas capacidades no solo facilitan el trasiego ilícito, sino que consolidan el control de corredores críticos, afectando la movilidad de bienes y personas y limitando la capacidad de respuesta de las autoridades.
Control social y territorial concreto
Los reportes destacan que el crimen organizado ha adoptado formas de gobernanza local:
- La imposición de cuotas y la administración económica de zonas específicas generan no solo recursos financieros, sino también información estratégica sobre actores claves y vulnerabilidades sociales.
- En varios municipios, incluso con presencia de fuerzas federales con miles de elementos, los grupos delictivos mantienen retenes, redes de vigilancia humana y puntos de control que superan en cobertura a la presencia institucional visible.
El resultado es una lógica de control territorial que no depende exclusivamente de la violencia armada, sino de la inteligencia de campo y la capacidad de influir en la vida cotidiana.
México en el mapa global del crimen organizado
El análisis al que tuvo acceso Político también incorpora datos de índices internacionales. México figura como el país con más mercados criminales activos en el mundo, y tercero en criminalidad total entre 193 naciones evaluadas, una posición que grafica el alcance de este desafío.
Este posicionamiento se explica por la diversificación de las actividades del crimen —desde narcotráfico y extorsión hasta control social y económico de espacios enteros— y por la insuficiencia de respuestas institucionales frente a estructuras que han avanzado en herramientas de inteligencia y logística clandestina.
Retos para la seguridad y el Estado
El documento deja en evidencia una realidad cada vez más clara:
- La disputa ya no es solo física (armas y hombres en el terreno), sino informativa y tecnológica.
- Las estructuras criminales mexicanas han desarrollado capacidades que se acercan a sistemas de inteligencia locales, incluso superiores a los de algunas instancias estatales o municipales.
- El desafío para las autoridades radica no solo en despliegues operativos, sino en construir sistemas de inteligencia eficientes, integrados, compartidos y con capacidades tecnológicas comparables a las de quienes controlan los corredores ilícitos.
Conclusión: una disputa compleja
La lucha contra el crimen organizado, en este contexto, deja de ser una mera confrontación armada para convertirse en una competencia por quién domina la información, la tecnología y las redes territoriales.
México enfrenta así una versión más sofisticada de su guerra contra el crimen: una en la que las organizaciones delictivas ya no solo desafían al Estado con violencia, sino con inteligencia aplicada, sistemas tecnológicos y control social en zonas amplias del territorio.
Ese escenario obliga a repensar estrategias de seguridad, integrando capacidades de inteligencia estatal más robustas, cooperación internacional, tecnología de punta y, sobre todo, políticas públicas que recuperen el tejido social donde el Estado ha sido desplazado.





